Estudiando las experiencias de vida que he tenido, sobre todo en la parte espiritual, me he dado cuenta de que la juventud tiene diferentes etapas, cada una con sus pros y contras. Gracias a Dios, tuve la oportunidad de criarme en un hogar cristiano y muchas situaciones que viví no se tornaron tan difíciles, porque tenía la esperanza de que pronto pasarían y que Dios me ayudaría en todo momento.
Imagino cuán difícil debe ser la vida de un adolescente inconverso o más bien, que no tenga una esperanza viva como la es Dios; y cuán difícil debe ser manejar ciertos eventos que ocurren durante esa delicada etapa de la vida de una persona. Pero también me es un poco incierto entender por qué tanto rechazo a Jesús, sobre todo de parte de esa misma juventud, que vive desesperada y con tanto vacío en su corazón. He tenido experiencias con jóvenes que supuestamente tienen “cierta formación cristiana”, que muchas veces hasta expresan sus dudas sobre la vida de Jesús en la tierra y ven todo esto de la salvación como una utopía, muchas veces como ciencia ficción.
Dice una frase que leí recientemente “Algunas cosas tienen que ser creídas para ser vistas”, yo decidí creer y por eso a lo largo de mi vida he visto tantas cosas maravillosas de Dios, de su amor, de su protección y de su poder. La palabra dice: “No pongas tu tesoro en la tierra, donde la polilla y el óxido lo consumen y donde los ladrones entran y roban; atesora en el cielo… Porque donde tu tesoro esté, ahí también estará tu corazón. Mateo 6:19-21”. Y yo me pregunto, ¿dónde tienes tu tesoro? ¿En el grupo que está de moda? O posiblemente en tu físico, porque sabes que te ves bien y los (as) chicos (as) te miran. O quizás en tu novio o en un proyecto importante para ti. La palabra dice que las cosas de la tierra son pasajeras, pero que el amor y la palabra de Dios perduran para siempre. Cabe aclarar, que vivimos en este mundo y por lo tanto tenemos que adaptarnos a la sociedad. Cuando digo adaptarnos, me refiero a que debemos estudiar, trabajar, formar familia, pensar en un futuro próspero, ser los mejores, pero que nuestra mayor meta sea tener una vida digna de que Dios nos reconozca como sus hijos, de que cuando llegue el día final, Jesús pueda decir de ti “Ese es mi hijo amado y me complazco en él”.
A ti joven, que estás pasando por situaciones difíciles o que no estás pasando por ninguna situación en especial, sólo que tienes un vacío en tu corazón, te invito a aceptar a Jesús como tu Señor y Salvador. Nosotros todos nacemos ciegos y por eso hacemos tantas cosas incorrectas, pero cuando venimos a Jesús, las escamas se caen de nuestros ojos y vemos la realidad del amor de Dios, que da vida, paz, esperanza y un motivo para seguir.
Dios te bendiga más.